20 de abril de 2013

Necesidad

Solía enredarse en amores fácilmente, como si esa fuera su único camino de salvación.
Y es que el hecho de pensar en estar sola la perturbaba. No sabía lo que era vivir sin un hombre al lado. En su mente no cabía la posibilidad de pasar sola ni un fin de semana.
Claro que con esa premisa solía tener compañías que nada tenían que ver con ella. De hecho, no pasaba mucho tiempo hasta que se daba cuenta que una vez más había fallado en su elección masculina. Sus relaciones tenían fecha de vencimiento aún antes de empezar.
“Enamorarse” no era una palabra que existiera en su vocabulario. Sus elecciones se regían por tres principios: necesidad, compañía y diversión. Sin embargo, nunca era feliz. No conocía a nadie que la hiciera sentir completa, y lo que era aún peor: ni siquiera se conocía a sí misma. Esa sensación de insatisfacción comenzó a invadirla cada vez más frecuentemente.
Con la ayuda de grandes amistades y de más de un profesional entendido en el tema, comprendió que tenía que lograr subsistir estando sola, al menos por un tiempo. Y así fue como se propuso el difícil reto de hacerse autosuficiente.
Los primeros días eran interminables, casi como los de un adicto atravesando su etapa de abstinencia. Pero lo logró: primero fue un mes, luego otro y un día se dio cuenta de que ya no se sentía tan mal.
Es que entendió que estar sola le había permitido conocerse tanto que ya no sentía urgencia en conseguir una compañía. La posibilidad de conocer la soledad le había enseñado que decidir estar con alguien desde ahora pasaría a ser una cuestión de elección, y no una necesidad.

5 de noviembre de 2012

Ciclo

“Hay que aprender a dejar atrás”, pensó. Tenía que asumir que las cosas tienen un ciclo. Ya no podía forzar lo que naturalmente estaba terminado. No había razones para seguir focalizando en algo que no existía. Igual dolió. Tal vez por una cuestión de orgullo o porque aún sentía algo real. No sabía, no importaba tampoco. Tenía que olvidar. Era momento de convencerse de que tenía que empezar un capítulo nuevo.

15 de octubre de 2012

Soledad

Era esa horrenda sensación de soledad lo que le quitaba el sueño cada vez que intentaba cerrar los ojos. Eran esos recuerdos que daban vueltas en su mente cuando intentaba por un momento abstraerse de todo. La sensación era tan enorme que lo invadía por completo. Y aunque tenía todo eso que siempre había querido, no podía ser feliz. Cómodas condiciones de trabajo, un sinfín de proyectos personales y una carrera casi terminada. Pero no le servía de nada. No tenía con quién compartir sus éxitos, con quien charlar cada vez que tenía un día difícil, a quién contarle sus proyectos, con quién proyectar un futuro… y esa soledad opacaba todos sus logros. Tenía amigos, claro. Esos que siempre están cuando uno necesita una charla hasta altas horas de la noche. Tenía el respeto y aprecio de sus pares. Por su espíritu alegre y su perfil bajo, nunca tenía conflictos y era querido en todos los ámbitos en los que se movía. ¿Pero cómo nadie podía valorar todo eso? ¿Cómo no podía sentir esa estabilidad emocional que tanto anhelaba? No se daba por vencido. Sabía que le esperaban cosas buenas, pero no podía pensarlas en el corto plazo. Esa felicidad que tanto buscaba le parecía una utopía.

10 de septiembre de 2012

Un día más

Era un día más. Otra sombría mañana en la que con un tiempo minuciosamente planificado desayunaba y salía a trabajar. No esperaba nada. Aprovechó el viaje para revisar su voluptuosa agenda y se dio cuenta de la fecha. Se paralizó. Tenía en claro que los seres humanos nos regimos por sentimientos y no por fechas. Es decir, no importaba si habían pasado dos años o sesenta, lo que importaba era qué había pasado durante ese tiempo. "Es una fecha, un número, nada más", se repetía en un intento por autoconvencerse. Pero el inevitable recuerdo y los balances que llegan ante un determinado día del año se le volvieron incontrolables. Lo había querido. Y mucho. Tenía la certeza de que había dado lo mejor que podía y que seguramente ninguno de sus errores había sido intencional. ¿Lo extrañaba? Sí, un poco, pero lejos estaba de quererlo a su lado una vez más. Había cambiado. Y mucho. Había aprendido tanto en su dolor que el solo pensar en la persona que había sido un tiempo atrás le resultaba tan ajeno como irreconocible. Era una fecha más, lo sabía. Pero no se sintió mal. Ese número rígido y frío en el calendario le sentaba bien. Estaba segura, fuerte. Su mente estaba lejos de aquel momento. Cerró la agenda y continuó. Al fin y al cabo, era un día más.

7 de junio de 2012

Día del periodista

Tenía 5 años cuando le pedí a mi hermano que me enseñara a leer y escribir. Moría por adentrarme en esas lecturas de fábulas y cuentos de niños como lo hacía él, con sus 3 años de ventaja. Lo logré. Y desde entonces el amor por los libros surgió casi como de un flechazo. A los 8 me sentí importante por poder completar solita mi primer libro “serio”. Era El Principito. Me enamoré instantáneamente de las palabras de Saint-Exupéry y su descripción perfecta sobre la frivolidad de los adultos. Claro que no llegaba a entender esas metáforas como las entiendo hoy. A los 10, gracias a una maestra apasionada por las rimas de Bécquer y Neruda, me dediqué únicamente a leer en verso. Así, ensayé uno y mil poemas en una carpeta, y me regocijaba cuando la rima de dos palabras me sonaba dulce al oído. “Vos vas a ser escritora”, me decía mi abuela, la única que conocía todos y cada uno de esos textos infantiles que escribía y me alentaba para que nunca dejara de hacerlo. Tenía 13 cuando armé mi lista de lecturas infaltables. Así, me deleité con Romeo y Julieta, El diario de Ana Frank, El Alquimista, El amor en los tiempos del cólera... y me sentía orgullosa cada vez que cumplía con un ítem de esa larga lista. Ya en secundario, conocí los clásicos de la Literatura española y descubrí lo mucho que me apasionaba escribir. Lo hacía en cualquier hora del día: a veces sobre mí, a veces sobre algo que veía en otros, pasando por canciones, frases de sobrecitos de azúcar, e incluso todas esas palabras que no me animaba a decirle al compañerito del que me enamoré en silencio. Tuve un lapsus en el que me decidí a estudiar Medicina. Soñaba con ser cirujana. Me focalicé en ser perfecta en todas las materias de Ciencias Naturales, dejando de lado mi costado literario. Pero desistí. No tenía ningún talento que me habilitara a tal cosa y descarté por completo la idea de trabajar adentro de un quirófano. Las opciones no abundaban: o me volcaba al mandato familiar implícito de ser abogada, o me plantaba cual oveja negra ante la familia con la idea de ser periodista. Lo hice. Con 18 años me embarqué en una carrera casi desconocida para mí. Admito con cierta vergüenza que cuando empecé, no tocaba un diario ni por inercia. Y no faltó el “¿De qué vas a vivir con eso?” desalentador al principio del camino. Pero nunca me importó. De a poco me fui soltando. Leía hasta cuatro periódicos por día tratando de copiar el estilo, y escribía notas hasta el hartazgo. Una y cien veces. No me vencía hasta que el texto no me cerrara por completo. Y así fue: cursé, aprendí, descubrí y terminé por amar la profesión, al punto de que cada mañana me levanto feliz de poder trabajar de lo que quiero. No todo es color de rosa, claro está. Pero no cambiaría por nada la satisfacción que siento cada vez que me siento frente a una pantalla a contar una historia. “Escribí como si fuera un cuentito”, me dijo un profesor alguna vez. Y tenía tanta razón que cada vez que no sé por dónde empezar me resuena en la cabeza esa frase de oro. Hoy es el Día del periodista. Me alegra enormemente festejarlo. Ojalá todos y cada uno de los que trabajan en esto sientan el orgullo que siento yo cada vez que me piden que explique a qué me dedico. ¡Salud para todos ellos!

20 de mayo de 2012

Aprendizaje

Si miramos cada batalla perdida como un aprendizaje, cada herida como una experiencia, cada error como una enseñanza, cada frustración como un logro a largo plazo, cada derrumbe como la posibilidad de empezar una nueva construcción, cada ausencia como un grato recuerdo y cada golpe como algo fortalecedor, terminaremos por sacar de cada situación negativa pequeñas cosas que nos ayudan a transitarlas… a la espera de momentos mejores.

9 de mayo de 2012

Camino

Y así voy por mi camino. Sin mayor patrimonio que mi sonrisa. Sin más combustible que mi propia energía. Sin mayor anhelo que el de ser feliz. Sin más que ofrecer que mi alegría. Sin mejor sostén que la esperanza. Sin más transporte que mis piernas. Sin más logros que los que me propongo. Sin mayores deseos que los de aprender a estar bien conmigo.